La guerra que puso en jaque a la Filsa

Este año se escribió el capítulo más negro en la relación entre la Cámara Chilena del Libro, la Corporación del Libro y la Lectura, la Cooperativa de Editores de la Furia y la Asociación de Editores, los cuatro gremios vinculados a la industria editorial del país. En medio de acusaciones por prácticas poco transparentes, a las que se suma la habitual tensión entre la rentabilidad del negocio y el valor cultural de los libros, los actores del rubro al menos coinciden en que, si se quiere sobrevivir, solo hay un camino: dar vuelta la página.

Allá arriba hace calor y hay un ruido incesante parecido al de un panal, pero aquí, en la sala C1 del Centro Cultural Gabriela Mistral (GAM), ubicada en el subsuelo del recinto, varias decenas de personas escuchan en absoluto silencio a un hombre de pelo frondoso, lentes oscuros y expresión bromista. Cada tanto, el público de la sala C1 estalla en una carcajada unánime que, sin embargo, pronto da paso otra vez al mutismo casi devocional y a las miradas atentas. El hombre que está adelante es Adriano Castillo, popularmente conocido por su personaje “el compadre Moncho” de la serie televisiva Los Venegas, y su presencia estelar se debe al lanzamiento de un cómic que lo tiene como protagonista.

Son pasadas las cinco de la tarde del sábado 15 de diciembre. Mientras los asistentes se agolpan para obtener una selfie con Adriano Castillo y una dedicatoria del actor en sus ejemplares de Compadre Moncho: el cómic, allá arriba continúa el ruido. Desde el jueves 13 y hasta el domingo 16, el GAM es sede –como lo ha sido sin interrupción desde diciembre de 2011– de la llamada Furia del Libro, muestra editorial que reúne anualmente a los cada vez más numerosos sellos independientes chilenos. En esta oportunidad, a 120 de ellos.

Siete semanas antes, el 26 de octubre, el Centro Cultural Estación Mapocho inauguró la trigésimo octava versión de la Feria Internacional del Libro de Santiago (Filsa), cuyos días iniciales registraron, según los vendedores presentes, una considerable baja en la concurrencia. “No parecía una feria de libro multitudinaria”, relata una escritora que asistió el mismo viernes 26. El primer fin de semana, esto se tradujo en un 40% menos de transacciones respecto al año anterior, aunque luego se pudo acortar la brecha. Si se comparan, el espacio que dispone el GAM para la Furia del Libro es menor a las dimensiones de la Estación Mapocho, lo que quiere decir que esta última requería mucho más público para llenarse. Aún así, resultó manifiesto que, para sus propios parámetros, la Filsa experimentó un severo retroceso en su versión 2018.

A lo anterior se debe sumar que, si bien la feria de la Estación Mapocho finalizó hace más de un mes, no existe un balance oficial sobre la cantidad de asistentes al evento, lo que viene ocurriendo desde 2014. “Hemos decidido abstenernos de entregar un número porque la exactitud de ese número no existe, no se puede determinar. Hay un universo importante de personas que nosotros no registramos”, plantea Viviana Azócar, gerente general de la Cámara Chilena del Libro, organización a cargo de la Filsa desde sus inicios. No obstante, hay quienes desestiman estas explicaciones. Pablo Dittborn, actual director de la editorial La Copa Rota y exintegrante de la Cámara, acusa además que, durante años, cuando sí se daba la cifra, se triplicaba arbitrariamente. ¿Por qué se multiplicaba por tres? “¡Porque no lo hacían por cuatro!”, replica.

Aun cuando la Filsa tuvo evidentes dificultades este año, en el mundo editorial hay un consenso en torno a la idea de que su decadencia viene desde hace tiempo. Entre las críticas recurrentes, está el precio de las entradas generales (este año, entre los $2 mil y los $3 mil, según el día), el valor de los stands para las editoriales (entre 1,5 y 8 millones de pesos, dependiendo de la ubicación y el número de metros cuadrados) y la supuestamente excesiva cantidad de jornadas en que se realiza el evento.

Sin embargo, poco importaría que durante la edición 2018 los organizadores aumentaran las alternativas de ingreso gratuito y, según revelan fuentes del gremio librero, ofrecieran stands colectivos sin costo para asegurar la presencia de las editoriales independientes y universitarias. Hubo una crítica de fondo que pesó todavía más, según la cual el carácter cultural de la feria fue desplazado por un criterio puramente mercantil y, en ese empeño, la Cámara Chilena del Libro habría limitado el poder de decisión de los agentes editoriales.

“Cuando tú compatibilizas muchos intereses en un directorio, hay una hegemonía que siempre termina por ordenar las cosas. Esa hegemonía la han tenido los distribuidores los últimos 30 años”, señala Arturo Infante, fundador de la editorial Catalonia y presidente de la Cámara del Libro entre 2011 y 2015. “Los temas de los editores no eran los mismos que tenían los distribuidores y libreros. A ellos les preocupaba una agenda prioritaria de ferias, pero la cabeza de los editores estaba obligada a pensar en las políticas públicas, en los mercados exteriores, en el advenimiento del libro digital. A nosotros no nos iba a cambiar la vida una feria más o una feria menos. Esos intereses nunca se lograron compatibilizar”, afirma.

“(Permanecer en la Cámara del Libro) era como querer compatibilizar a los productores de vino con los dueños de las botillerías”. Arturo Infante, presidente de la Corporación del Libro y la Lectura.

Esa pugna tuvo como consecuencia que, a fines de 2015, gigantes editoriales como Planeta, Penguin Random House y Santillana se retiraran de la Cámara para conformar su propio gremio, la Corporación del Libro y la Lectura. En tanto, la cristalización del conflicto se desató en agosto pasado, cuando, por medio de una declaración pública, los socios de la Corporación anunciaron que no participarían en la Filsa de este año. “Nuestra industria editorial, los lectores y el país no se merecen una feria internacional del libro desmedrada e improvisada, menos si en su organización están excluidos los editores, un factor decisivo en la generación de autores y libros chilenos”, sostuvieron en el pasaje más controvertido de la carta.

Asimismo, para entonces la Filsa ya parecía haber perdido aquel prestigio que la situaba como el mejor y más importante evento literario y editorial del año. Para rematar, a la Furia y a la Primavera del Libro, esta última organizada en octubre por la Asociación de Editores de Chile, se añadió una competencia directa para la Filsa: el Festival de Autores de Santiago (FAS), llevado a cabo por la Corporación del Libro y la Lectura el 26 y 27 de octubre y luego el 9, 10 y 11 de noviembre, vale decir, justo al inicio y al término de la feria de la Estación Mapocho. “Me parece muy bien que haya más actividades en torno al libro, pero no que se ponga un evento por encima del otro en una fecha similar. El único afectado es el público lector”, opina Viviana Azócar.

Con todo, la Cámara del Libro recibió dos salvavidas que le permitieron sacar adelante el evento de 2018. Uno de ellos fue la prórroga de una ordenanza municipal, a aplicarse indefectiblemente desde 2019, que prohíbe el uso privado de la plaza trasera del Centro Cultural, donde se instala casi la mitad de los stands totales. La otra ayuda fue tanto o acaso más significativa: la asignación de $81 millones por parte del Ministerio de las Culturas para los ítems de autores internacionales ($10 millones), internacionalización e industria editorial ($18 millones), invitado de honor ($23 millones) y fomento lector ($30 millones), ello a pesar de que el organismo incumplió el mandato de concitar la participación de los otros tres gremios, esto es, la Cooperativa de Editores de la Furia, la Corporación del Libro y la Lectura y la Asociación de Editores Independientes, Universitarios y Autónomos.

“Se ha decidido firmar este convenio de colaboración para apoyar el desarrollo de FILSA 2018, con el fin de potenciar la participación de la delegación peruana y desarrollar actividades de fomento lector que acerquen a la ciudadanía al libro”, fue la declaración oficial del Consejo del Libro. Eso sí, en el acta correspondiente a una reunión del 10 de agosto consta la preocupación de la Secretaria Ejecutiva del Consejo, Paula Larraín, ante las “serias dificultades” de este año, a lo que siguió la aprobación de un Comité de Coordinación que supervise la eficiencia y transparencia de los gastos.

Entre los distintos actores del negocio editorial existe relativo acuerdo en cuanto a que la industria goza de buena salud. En general, dicen, las ventas se mantienen estables, el libro físico no se ha desplomado aún ante la irrupción de los soportes digitales y, para mayores pruebas, siguen proliferando sellos independientes y microemprendimientos editoriales. Al mismo tiempo, también existe conciencia respecto a los principales desafíos que se enfrentan: escasa profesionalización de los libreros, pocos datos sobre los títulos más solicitados en las bibliotecas, bajo hábito lector (ver recuadro), problemas de asociatividad gremial y malas prácticas en el pago a los autores por parte de los editores, así como a los editores por parte de los libreros:

En el contexto del escándalo que estalló en 2018, más de una acusación de esta última naturaleza recayó en Eduardo Castillo, actual presidente de la Cámara Chilena del Libro y quien ocupó el mismo cargo en los períodos 1989–2001 y 2003–2011. “El presidente de la Cámara del Libro no es sujeto de crédito”, resume Pablo Dittborn. “Él tenía la librería Atenea, que se la pasó a la hija, y en un balance le dio instrucción personal al contador que castigara deudas, entre las cuales había una suya. Eran deudas por cuotas de la Feria del Libro. Para ir a la Feria tienes que arrendar un espacio. No pagó, terminó la feria y, al año siguiente, se la autocondonó”, señala.

Castillo, por su parte, ha negado la acusación y asegura que, de ser así, no habría sido electo para un tercer período como presidente. Hasta el momento, no enfrenta demandas civiles, pero fuentes ligadas a Ediciones B y Random House señalan que, en dicha librería, contrajo deudas por no pago de libros entregados en consignación, las cuales, finalmente, fueron calificadas como incobrables en la contabilidad respectiva.

A primera vista, los principales antagonistas en esta historia son perfectamente opuestos. Castillo, a cargo de la Cámara Chilena del Libro, es presidente del Instituto Nacional de Comercio, consejero de la Cámara Nacional de Comercio y presidente del directorio de GS1 Chile, una organización mundial que desarrolla estándares –como, por ejemplo, códigos de barras– para la identificación de productos. Infante, quien preside la Corporación Nacional del Libro y sus socios transnacionales, es Licenciado en Filología Hispánica, Profesor de Estado en Filosofía y, antes de fundar Catalonia, en 2003, dedicó su vida profesional a las editoriales Seix–Barral, Planeta y Sudamericana en España, Argentina y Chile, respectivamente.

Pese a ello, otros actores gremiales los ven como dos figuras que, aunque están enfrentadas, han cometido los mismos errores. Así lo manifiesta Paula Gaete, presidenta de la Cooperativa de Editores de la Furia

¿Están enfrascados, entonces, en una mera disputa de poder? Pablo Dittborn responde: “El 80% de los autores chilenos edita con editores de la Corporación. El Estado deja de comprar libros y nosotros seguimos perfecto. Entonces, no hay poder para disputar ahí. El poder ya lo tenemos”.

 

 

Paulo Slachevsky, director de LOM Ediciones e integrante de la Asociación de Editores, añade: “Este año, cuando se dio toda la discusión en torno a Feria del Libro, la Corporación del Libro decía ‘Entrada gratuita, espacio democrático’. Pero ellos dirigieron Filsa durante 15 años y nunca fue entrada gratuita, nunca fue espacio democrático, nunca dejaron a las editoriales independientes un espacio más central en la Estación Mapocho”. Entonces, concluye Slachevsky, “esas palabras no son consistentes”.

Sin desmedro de las profundas diferencias personales e ideológicas de por medio, todas las personas consultadas para este reportaje coinciden en que, tanto para reactivar la Filsa como para mantener sobreviviendo el ecosistema editorial, resulta necesaria una amplia convergencia. “Hay que dejar esta ridiculez de la discusión y entender el fin que todos tenemos. Somos una industria muy pequeña que enemistada no va a conseguir absolutamente nada. Hemos tocado fondo en este último tiempo”, reflexiona Viviana Azócar, gerente de la Cámara del Libro. “A nosotros nos va a dar asco juntarnos con Castillo, pero, en fin, habrá que hacerlo”, confirma Dittborn.

Por el momento, la posibilidad que cuenta con mayor aceptación es la de administrar la Filsa a través de una fundación en que los cuatro principales gremios tengan un poder de decisión equivalente, en un modelo similar al de la entidad sin fines de lucro a cargo del Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires (Filba). Esto último, eso sí, no debería desdibujar la identidad de cada uno de esos gremios, puesto que, según subraya Paulo Slachevsky, “claramente no son lo mismo”. Javier Sepúlveda, editor de E–Books Patagonia y presidente de la Asociación de Editores, comenta que los problemas entre la Cámara y la Corporación “son temas de ellos y se arrastran desde hace tiempo”. Sobre el futuro, se muestra optimista: “Muy pronto vamos a estar trabajando todos juntos”.

“Es muy importante lograr espacios de articulación y, sin duda, los va a haber. Ojalá sean claros, transparentes, explícitos. Los silencios son siempre falsos silencios”. Paulo Slachevsky, director de LOM Ediciones e integrante de la Asociación de Editores.

Si bien se ha descrito el conflicto como una diferencia entre particulares, desde el Consejo Nacional del Libro se manifiestan llanos a mediar o acompañar dicho proceso de convergencia. Para Arturo Infante, en todo caso, son otros quienes deberían tomar la posta. “La historia está demasiado cerca. Pienso que deberían venir personas nuevas, más jóvenes. Toda cierta generación debería dar un paso al costado, porque estamos demasiado próximos a las rencillas. Partiendo por mí mismo”, admite.

Durante estos últimos meses se reflotó, además, una vieja idea: la de adelantar la Filsa al primer semestre del año para hacerla coincidir con las de Colombia y Argentina y aprovechar, así, la ruta de eventuales invitados internacionales. Por ahora, esa alternativa ha sido totalmente descartada por parte de los organizadores, lo que no impidió que un usuario anónimo, sin el conocimiento ni la autorización de la Cámara del Libro, registrara el evento “Feria Internacional del Libro de Santiago 2019” en el portal Neventum.com, una plataforma destinada a coordinar la oferta y demanda de logística y stands para actividades masivas. ¿Las fechas publicadas? 18 al 29 de abril del próximo año

Por ahora, la incertidumbre está instalada. La Secretaría del Consejo Nacional del Libro, a través de su departamento de comunicaciones, reveló que “dado que los objetivos estratégicos detrás de la entrega de recursos se mantienen vigentes y son independientes a un evento particular, el Consejo ha conformado una comisión de trabajo” que tendrá como fin “estudiar y analizar nuevas propuestas para la asignación de estos recursos” y “aportar en la organización de actividades que recojan los intereses tanto del Consejo, de la Política Nacional del Libro y la Lectura y de todos los actores del ecosistema del Libro”.

Con gesto decepcionado, varios de los asistentes al conversatorio “Los desafíos del periodismo de investigación en Chile”, en la Librería del GAM, advierten que no podrán intervenir ni formular preguntas a los expositores. “Disculpen”, intenta explicar el moderador de la actividad, “vino más gente de la que esperábamos y se nos acabó el tiempo”. Desde el fondo de la librería, se escuchan algunas protestas débiles.

 

Hoy, 10 de noviembre, también es un sábado ruidoso en el Centro Cultural Gabriela Mistral, sede del primer Festival de Autores de Santiago. A varias cuadras de aquí, en el Centro Cultural Estación Mapocho, se vive la penúltima jornada de la Filsa 2018, una feria que, probablemente, ha tenido todos los problemas que podía tener. Una fuente vinculada a la Corporación del Libro y la Lectura, la que ha solicitado no ser identificada, confirma que, según sus antecedentes, la coincidencia de fechas en el cierre del FAS y de la Filsa no fue casualidad. “Hace rato que esto se convirtió en una lucha gremial”, asegura. Paula Gaete, presidenta de la Cooperativa de Editores de la Furia, piensa lo mismo y ve el alcance de días como algo “absolutamente planificado”.

“Fue una obligación casual”, se defiende Arturo Infante. “Estuvimos hasta finales de agosto conversando con la Cámara, pero no nos dieron ninguna posibilidad de arreglar algo allí adentro. En los lugares que estaban disponibles, o lo hacíamos en fecha de la feria de la Primavera o en fecha de la Furia o en fecha de la Filsa. Teníamos tres alternativas. Y por supuesto que elegimos la fecha de la Filsa, porque, ¿por qué íbamos a embarrar a los otros?”.

 

Hábitos lectores: el otro desafío de la industria

Justo mientras se gestaba el quiebre entre los sellos transnacionales y la Cámara Chilena del Libro, hace tres años, el entonces Consejo Nacional de la Cultura y las Artes presentó el Plan Nacional de la Lectura 2015–2020, un proyecto gubernamental que aspira a “trabajar articuladamente en iniciativas de fomento, aprendizaje y socialización de la lectura” y “propiciar la participación constante de la comunidad” en sus acciones y programas. Sin embargo, y aun cuando el nuevo Ministerio ha anunciado el cumplimiento de una gran parte de los objetivos específicos del plan, el fomento lector encuentra un obstáculo particularmente difícil de sortear en los hábitos de los chilenos.

Según el Estudio sobre el Comportamiento Lector a Nivel Nacional (2011), a cargo del Centro de Microdatos de la Universidad de Chile, apenas un 3% de la población se declara lectora frecuente, mientras que un 84% no comprendería correctamente lo que lee. Asimismo, la encuesta global GFK / Adimark sobre frecuencia en la lectura de libros (2017) estableció que en Chile el 40% de las personas toma un libro una vez a la semana, casi un 20% menos que el promedio de la población mundial. 

En el entendido de que la supervivencia de las editoriales necesita lectores que quieran buscar y adquirir los catálogos en venta, los miembros del gremio aspiran a superar cuanto antes aquellas pugnas que, en palabras de Paula Gaete, “solo distraen del propósito fundamental”, esto es, “crear contenido, encontrar nuevas voces y estar siempre a la vanguardia de la literatura”.En esa línea, la Asociación de Editores Independientes, Universitarios y Autónomos declaró que la acción conjunta “ayudará a enfrentar de manera diferente los desafíos del mundo del libro, que van más allá de la feria, y en la que es necesaria la participación de todos para avanzar en la construcción de un ecosistema diverso, con equilibrios básicos, para que el libro recupere su base cultural, educativa y liberadora”.